Migración Mexicana Crea ‘Ciudades sin Hombres’
Por Lisa Troshinsky
Chiquimitio, México – Norma recuerda su enorme fiesta de casamiento, en la que se puso un vestido de novia blanco con volados y a la que todo el pueblo asistió. Su esposo la dejó a ella y a sus hijos mucho tiempo atrás, por ir a Estados Unidos a encontrar un trabajo, algo casi inexistente en su propio pueblo. No lo ha visto en siete años y sospecha que no lo volverá a ver.
Una innumerable cantidad de mujeres en los pequeños pueblos de todo México comparten la situación de Norma. Mientras más y más mexicanos emigran a Estados Unidos y se quedan por períodos más largos, sus villas se convierten en pueblos fantasmas. Los lugareños los llaman “ciudades sin hombres”.
Aunque México tiene una tasa de nacimientos alta, su población se está achicando. Estadísticas nacionales muestran que entre 2000 y 2005 la población en los estados rurales cayó de 24,8 millones a 24, 3 millones. En la década anterior, la población en la misma área se había expandido por 1,4 millones de personas.
“Cada mexicano que emigra representa un hogar desintegrado en México”, dijo Edmundo Ramírez Martínez, subsecretario de Comisión de Población, Fronteras y Asuntos Migratorios de México.
Norma vive en Chiquimitio, un pequeño pueblo agricultor en el estado central de Michoacán, en México. Las mujeres encabezan ahora el 80% de las familias, comparado con el 20% que tenía ese papel 10 años atrás, explicó el director de la escuela del pueblo, Pedro Ambriz Martínez.
Michoacán tiene unas 20 mil personas menos que hace cinco años, según Clara Ochoa Valdez, directora del Consejo de Población de Michoacán. De los 32 estados mexicanos, sólo Michoacán contribuye con el 12% de la inmigración mexicana. Para 2005, el equivalente a un cuarto de la población de este estado había emigrado a los Estados Unidos (EEUU).
Algunos esposos envían remesas –una porción de lo que ganan- a sus familias en México. Otros maridos abandonan completamente a sus esposas para iniciar nuevas familias en EEUU.
“Las mujeres se sienten inseguras”, explicó Norma. “Algunas veces los maridos se olvidan de sus familias y no vuelven nunca más”.
Norma es tímida y luce de más que sus 32 años. Mantiene a sus hijas de 6 y 10 años. Su marido se fue a California hace siete años, cuando ella estaba embarazada de su segunda hija. En ese momento él le rogó que se fueran juntos, pero ella le dijo que el viaje era muy peligroso.
Desde que su esposo llegó a los Estados Unidos como un inmigrante ilegal, él se contacta con ella irregularmente, algunas veces con una llamada telefónica, otras veces enviando un cheque de US$ 100 por su trabajo de ordeñar vacas. Este aporte no se acerca a los 600 pesos mexicanos (US$60) que él ganaba por semana trabajando en la construcción en México. Una vez, Norma no supo de su marido por dos años. Él le dijo que solía tener una mujer en los Estados Unidos, pero que ahora está solo.
Norma no le cree. “Lo llamé una vez y ella atendió el teléfono”, dijo.
El director de la escuela de Chiquimitio, Martínez, dijo que le preocupa la salud emocional de las mujeres que se quedan atrás, y el descenso de la población estudiantil en el pueblo.
“Cuando los familiares se van, pierden sus orígenes, su cultura, sus raíces”, afirmó el maestro. “Las mujeres que se quedan deben hacerse cargo de los hijos, pagar por su educación. Trabajan en el campo, cuidan a los animales, y trabajan como empleadas domésticas y niñeras. Tienen que lidiar con la soledad y con las dificultades económicas. La mayoría se vuelven neuróticas. Lloran seguido, pero se lo guardan, porque se sienten avergonzadas. Tienen miedo”.
Hace unos siete años había 400 estudiantes en la escuela. En la actualidad hay solo 260. Los maestros no se refieren a los apellidos de los padres de sus alumnos, sino que automáticamente usan el de sus madres, porque hay muchos padres desaparecidos.
“He visto el cambio en el niño que se queda”, dijo Martínez. “Su desarrollo social es peor. Sus modos cambian, se ponen más agresivos. No respetan tanto a sus madres cuando sus padres se van”.
Los niños no estudian y sólo piensan en irse a Estados Unidos, relató el maestro José Luis Macias Morillón. “Algunos ni esperan a tener 15 años para irse”, añadió.
Las autoridades de la escuela son una pequeña muestra de los únicos hombres visibles alrededor del pueblo. En el zócalo, la plaza central del pueblo, se juntan mujeres jóvenes con bebes en sus rodillas, mientras otros niños dan vueltas en sus bicicletas. Sólo ocasionalmente pasa un hombre en un caballo.
La iglesia del pueblo es otro recordatorio de los ausentes. Los que emigran le rezan a una pequeña estatua del Santo Niño de Chiquimitio antes de irse a Estados Unidos, y le llevan flores cuando retornan.
¿El dinero vale el costo humano?
Los mexicanos emigran a los Estados Unidos para obtener salarios más altos que puedan enviar a sus familiares, y para acceder a servicios financieros que no pueden tener en México, como préstamos para comprar una casa.
Las remesas están en el segundo lugar después del petróleo en las fuentes principales de ingresos a México. En 2006, los mexicanos inmigrantes en Estados Unidos enviaron un total de US$ 20.000 millones a México. Envían un promedio de US$ 300 por mes, según el Banco Interamericano de Desarrollo.
Sin embargo, los familiares mexicanos más pobres reciben bastante menos, sólo un promedio de US$ 71 mensual, según una encuesta del gobierno mexicano hecha por PROGRESA (Programa de Educación, Salud y Alimentación).
Los mexicanos se dividen en el último valor de las remesas. Frecuentemente se utilizan para pagarles a los contrabandistas que ayudaron a los hombres a cruzar la frontera.
En los pequeños pueblos mexicanos, las casas hechas con remesas –construidas por el dinero enviado por los familiares- salpican el paisaje. Estas casas de ladrillo y cemento son generalmente una mejora sobre las casas de piedra y pisos sucios de sus familias. Pero en general, están vacías. Las esposas no las consideran su propiedad así que no se mudan, señaló Erika Cervantes, de CIMAC, una organización mexicana sin fines de lucro que alienta a los medios de comunicación a focalizarse en la mujer mexicana.
“Los hombres mandan el dinero para construir la casa en sus pueblos, pero es un desarrollo artificial porque nadie vive allí”, afirmó Steve Camarota, director de investigaciones en el Centro de Estudios de Inmigración en Washington DC.
El dinero de las remesas también construyó los caminos, la escuela y el zócalo de Chiquimitio.
Un programa del gobierno de incentivos llamado “3 x 1” contribuye con US$ 3 del gobierno federal, estadual y municipal por cada dólar enviado como remesa por un inmigrante para contribuir al desarrollo del pueblo.
En escala nacional, entre 1992 a 2001, el programa llevó adelante unos 400 proyectos para los que los inmigrantes contribuyeron con US$ 5 millones, por un total de inversión de US$ 15 millones, escribió en 2006 Agustín Escobar Latapi, profesor de CIESAS Occidente, en Guadalajara, en una publicación sobre temas laborales.
Cerca de allí, en Charo, un pueblo desolado de Michoacán, hay un enorme salón social construido a partir de remesas que permanece vacío. El lujoso edificio, construido con una arquitectura estadounidense, buscaba revitalizar a una comunidad moribunda. Pero el salón social nunca fue siquiera abierto.
En Ixcateopan, un pueblo chico a unas horas al sur del Distrito Federal, el programa “3 x 1” pavimentó varios caminos y estaba a medio camino en la construcción de una iglesia. Pero tantos residentes se fueron del pueblo que las autoridades debieron cerrar una guardería por falta de estudiantes.
Esposas prefieren maridos a dinero
Las esposas dijeron que preferirían cambiar las remesas por tener de vuelta a sus maridos. En el sitio de Internet “Artesanas Campesinas”, las mujeres ruegan al gobierno de Estados Unidos que “cierre la frontera y envíe a nuestros hombres a casa y a nosotras, aunque los tenga que deportar. Por favor, cierre la frontera a la inmigración ilegal. Después de todo, esa es la ley”.
Otra mujer escribe: “Querido Pedro, cuánto te extraño. Dijiste que te ibas a Arizona sólo para sacar dinero para nuestra casa. Pero ahora has estado lejos y no has vuelto cuando tu hermana se casó. ¡Ay, cómo me preocupa que tengas otra mujer! ¿ya no me quieres?”
Otro extracto: “Querido Rubén, por favor, vuelve a casa. Los niños no te han visto en tres años y el pequeño Beto es un hombre joven ya y Lupita pregunta por su papá. Yo sé que acordamos que tu tratarías de probar fortuna en Estados Unidos, pero no sabía que iba a ser tan solitario y tú te irías por tanto tiempo. Por favor, retorna a nosotros”.
La crisis migratoria empeora
Políticos mexicanos y expertos en población sostienen que la crisis de emigración está empeorando.
Once millones de mexicanos residen en Estados Unidos, y un 56% es ilegal, dijo Luis Acevedo Prieto, director asistente de estudios socioeconómicos y migración internacional del Consejo Nacional de Población en México.
Cada año unos 400 mil mexicanos emigran a los Estados Unidos. el gobierno de México proyecta que en seis años el número anual de inmigrantes podría subir a 3,5 millones, o el equivalente a un mexicano por minuto.
Jeffrey Passel, un investigador sobre inmigración del Instituto Urbano en Washington DC, dijo que la migración se ha acelerado al punto de que 9% de la población nacida en México ahora vive en Estados Unidos.
Los intensos esfuerzos de parte de los estadounidenses de mantener a los inmigrantes alejados, que incluyen un aumento del 500% en el presupuesto para la Patrulla de la Frontera, y la erección de una valla de 76 millas a lo largo de la frontera, han resultado infructuosos, dicen los expertos en inmigración.
Deborah Myers, una analista política del Instituto de Política Migratoria de EEUU, afirmó que las políticas estadounidenses anti-inmigración han tenido el efecto inverso al esperado: han hecho decrecer el flujo circular de inmigración que retornaba a México.
La frontera militarizada previene a los inmigrantes de intentar cruzar el límite a través de grandes pueblos y el desierto, donde es más peligroso. El costo por un “coyote” para que transporte a mexicanos ilegalmente a través de la frontera subió de US$ 5 mil a US$ 6 mil por persona, explicó Martínez, subsecretario de la Comisión de Población. “Diez años atrás el mexicano se quedaba en Estados Unidos un promedio de dos años. Ahora el promedio de la estadía es de diez años”, indicó.
Todos estos factores han generado un efecto de “encerrarse” en los mexicanos que están en Estados Unidos, dijo Myers. “El promedio de duración de la estadía en Estados Unidos ha aumentado, mientras que la migración circular se ha reducido.”
Mujeres toman roles masculinos, pero aún sin poder
Las mujeres mexicanas se han convertido en feministas por necesidad. Manejan las familias y toman todas las decisiones por sus hijos.
Pero tienen una influencia limitada, dicen los expertos. Las mujeres toman los roles de los hombres temporalmente, pero los ceden cuando éstos retornan, dijo Cervantes de CIMAC. Si hay un hombre en la comunidad que no es viejo o no está enfermo, generalmente es quien tomas las decisiones.
Con frecuencia las mujeres son consideradas insignificantes. Alejandro Díaz, subcomisario de Ixcateopan dijo que él no incluye a las mujeres solteras al contar la población del pueblo porque no pagan impuestos.
Los maridos usualmente mandan las remesas no a sus esposas, sino a sus madres, quienes controlan a sus nueras, dijo Eva Albavera Viveros, quien trabaja para la Comisión de la Mujer en el Estado de Guerrero.
“Las mujeres no son reconocidas como propietarias de las pertenencias de sus familias”, dijo Cervantes. “Las mujeres no pueden tener acceso a programas como PROCAMPO (un programa de apoyo a agricultores) porque no se las reconoce como propietarias de su tierra. No pueden conseguir préstamos porque los bancos no las ven como individuos confiables. en cambio, deben encontrar agiotistas, personas que les prestan dinero sin garantías pero con intereses altos. Muchas mujeres pierden sus pertenencias en esas transacciones”.
El Instituto Nacional de la Mujer, una organización mexicana que ayuda a las mujeres a recibir la asistencia del gobierno, afirmó que el 60% de los mexicanos que viven en extrema pobreza son mujeres.
Aún así, el gobierno federal no ha reconocido la vulnerabilidad de las mujeres abandonadas, enfatizó Haydee Machua Montes, directora de esta organización. “El problema de la inmigración ha sido entendido como un fenómeno masculino. Se ha focalizado en los inmigrantes, no en las familias que dejan atrás”.
Hombres encuentran nuevas esposas; esposas no
Chiquimitio es una comunidad en la que todos se conocen entre sí y las posibilidad de salir con otras personas es limitada. Norma dice que ya no extraña a su marido, pero continúa siéndole fiel, aún cuando piensa que él tiene ya otra familia en EEUU.
“No estoy interesada en los hombres ahora. Son desagradecidos, y devuelven mal lo que se les da”, afirmó.
Erlinda Torres Herrejed, una madre soltera en Morelia, Michoacán, dijo que se siente sola, pero no sale con nadie “porque un hombre nuevo podría no querer a mis hijos como su papá verdadero”.
El padre de sus hijos dejó de llamar desde EEUU hace tres meses. Ya hacía 14 años que él se había ido. Recientemente la contactó para pedirle el divorcio y casarse con su nueva novia salvadoreña. Erlinda se rehusó a dárselo porque no ayudó a sus hijos a obtener los papeles migratorios. Habían caminado dos días en el desierto para llegar a suelo estadounidenses.
Norma, una de las que tiene suerte
Norma es una de las que tiene suerte, comparada con otras mujeres en su situación. Aunque batalla con la pobreza y la soledad, tiene un trabajo limpiando baños en una escuela y tiene el soporte de una de las más antiguas tradiciones mexicanas: su familia política.
Su madre, Ernestina, una anciana robusta enfundada en un delantal con motivos azul y blanco, les da un hogar y cuida a los hijos de Norma, mientras ella trabaja.
La hija más grande de Norma, una niña nerviosa y rápida para llorar, se ha negado a hablar con su padre por teléfono por dos años. Aún así, “él es importante porque es el padre de los hijos de mi hija”, dijo Ernestina.
Añadió que su yerno “merece lo que recibe”, en referencia al rechazo de la niña, aún cuando lo protege todavía al declinar decir su nombre por miedo a exponer su identidad como inmigrante ilegal.
La familia política de Norma, que desaprueban cómo su marido “no cumple con sus responsabilidades para con su familia”, la adoptó como un miembro más y le han dado un rancho de piedra. La cocina de Norma tiene un piso de concreto y una sola bombita de luz colgando del techo bajo.
Mientras caminaba por la propiedad familiar, mostraba orgullosa a los animales, los pájaros y el maíz almacenado. Dijo que podía vivir allí “todo el tiempo que quiera”.
Norma no tiene planes de irse a Estados Unidos. “Estoy bastante bien en mi pueblo”, dijo, aunque nunca viajó más de tres horas lejos de allí.
Entonces hizo una pausa, y en el silencio quedó mirando la nada con sus ojos cansados. “Para mi la inmigración es mala”, dijo. “Los hombres se quieren ir a los Estados Unidos, pero arriesgan mucho. Hay mejoras en el pueblo, pero no son suficientes. Yo prefiero que mi esposo esté aquí conmigo, sin esas mejoras”.

